miércoles, 1 de diciembre de 2010

Krugman se escribe con ‘k’, como Kirchner

Sólo una convicción profunda pudo mantener el proyecto de reformas ante la estructura del poder rentístico financiero y sus aparatos ideológicos, como la cúpula eclesiástica y los grandes medios de comunicación.

Por Oscar González* / Tiempo Argentino

La Argentina tiene un crecimiento muy alto, y la inf lación no responde a un desborde o a problemas fiscales, sino a la no apreciación de su moneda.” La frase no es de ningún funcionario del gobierno ni de un economista del Plan Fénix, sino de Paul Krugman, premio Nobel de Economía, profesor de Economía Internacional de la Universidad de Princeton y columnista del The New York Times, quien, con esa afirmación contrarió a más de uno de los representantes locales de la banca, la gran industria y el comercio que lo habían invitado a exponer.
Que el apellido del prestigioso analista estadounidense comience con K es mera coincidencia, aunque por aquí sea una letra largamente vilipendiada por quienes quisieran hacer tabla rasa de todo lo que se hizo desde 2003 en materia de inclusión social, recuperación de la producción y el empleo, y de la soberanía nacional.
Krugman, como el también Nobel Joseph Stiglitz, representa la posición crítica al pensamiento único que rigió la economía mundial desde la revolución conservadora que Margaret Thatcher y Ronald Regan iniciaron en los ‘80, cuando el capitalismo globalizado se reordenó para liquidar los Estados de Bienestar y abrirle paso a la depredadora hegemonía financiera.
Néstor Kirchner representó –y sigue representando– en este extremo del mundo la ruptura económica y política con el modelo impuesto en esos años y que todavía continúa vigente en los países del Primer Mundo, aún en medio de la crisis provocada, paradójicamente, por ese mismo modelo de especulación financiera. El ex presidente asumió su cargo cuando la Argentina se desangraba, a dos años del estallido de la convertibilidad y de la consecuente destrucción de fuerzas productivas y el derrumbe del ingreso nacional. La reversión drástica de esa situación, con un crecimiento económico exponencial y un desarrollo social sin parangón, fue y es atribuido por cierta oposición a la coyuntura económica internacional favorable a las exportaciones argentinas, el famoso viento de cola que los gurúes del mercado se cansaron de pronosticar como pan para hoy y hambre para mañana. Creencia o deseo, lo cierto es que esas condiciones se mantienen y ya casi no hay analistas que pronostiquen que vayan a amainar, pese a que el mundo no consigue salir de la mayor crisis económica en más de medio siglo.
Pero el proceso democratizador e igualitario iniciado por Kirchner y continuado por Cristina Fernández no es explicable por los precios de las commodities, sino por una obstinada voluntad política puesta al servicio de una concepción en la que la economía sólo es virtuosa si mejora sustancialmente las condiciones de vida del pueblo, si democratiza el acceso a los bienes materiales y simbólicos que hacen a la condición de ciudadanía, si, en fin, es un instrumento para generar bienestar y no mera rentabilidad financiera. Los números del superávit fiscal dejaron de ser una imposición del FMI y un motivo de elogio del establishment internacional para pasar a ser la cuantificación de nuestra autonomía financiera y, en otro orden, el sustento del crecimiento y el desarrollo social.
La característica más notable de la voluntad del ex presidente fue su potencia para llevarse por delante los límites, los que había dejado el terror de Estado de la dictadura y luego el terror económico de los ’80, que instauraron el pensamiento único y amenazaban con disciplinar a la sociedad, desde la lucha por el salario hasta la producción intelectual y polít ica. Porque desde su primer día en el cargo, Néstor Kirchner no admitió los condicionamientos habituales de la corporaciones, pese a que llegó a la Casa Rosada con sólo el 22% de los votos, y cuando el conglomerado financiero y mediático que sustentó las reformas de mercado continuaba intacta desde los ’90 y aun antes, desde la última dictadura militar. Kirchner impulsó la renovación de la Corte Suprema de Justicia, un paso trascendental para mejorar la calidad de la democracia. Pero los estamentos judiciales creados por la dictadura y consolidados en tiempos de Menem seguían firmemente enquistados, como lo demuestra la paralización y obstaculización desde adentro de los juicios por violaciones a los Derechos Humanos, así como los jueces que están prestos a admitir recursos contra leyes aprobadas por el Congreso. Sólo una convicción profunda, con mucho de utopismo militante, pudo mantener el proyecto de reformas en todos los órdenes ante la estructura del poder rentístico- financiero y sus aparatos ideológicos, como la cúpula eclesiástica y los grandes medios de comunicación.
Cuando la crisis de las representaciones políticas ya había l legado al fondo y los mapas partidarios eran sólo un archipiélago desf lecado, Néstor Kirchner –como después Cristina Fernández– sabía que para desarrollar el proyecto debía valerse de importantes segmentos de ese mundo que no acaba de desaparecer para ayudar al nuevo que nacía, a cuyo surgimiento él mismo contribuyó decisivamente.
Él y Cristina supieron unir lo simbólico (el Bicentenario, los Derechos Humanos como política de Estado) con lo real y concreto (la Asignación Universal por Hijo, los salarios y las jubilaciones, restauración de la legislación laboral), todo lo cual fue definiendo un proyecto que interactuó con los otros procesos populares y reformistas de América Latina para contribuir a una construcción colectiva, latinoamericana, que hoy potencia la presencia de la Argentina en el mundo.

* Secretario de Relaciones Parlamentarias del gobierno nacional.



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